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Viaje a la España vaciada

Yousef Darraz

Yousef Darraz

Son las ocho de la tarde. Aún estando resguardado, hace un calor abrasador. Treinta y cinco grados centígrados a la sombra. Me encuentro en Sepúlveda sentado en el comedor de la casa de Gloria, vecina del conde del pueblo y abuela de mi pareja Adriana, redactando las vivencias de mi viaje a este hermoso pueblo. Sepúlveda es un municipio español de la comunidad autónoma de Castilla y León. Es uno de esos municipios de la España vaciada. También es un pueblo que representa la esencia de lo español si es que existe algo así como la esencia de España. Toros, música folclórica, cerveza, tapas de jamón, mosto y el culto a la virgen del pueblo, entre otras cosas.

Quiero describir a la Sepúlveda que mi cuerpo ha experimentado en estos días. Y quiero hacerlo porque, a pesar de, en tan poco tiempo, haberme enamorado de su tierra, también me ha decepcionado parte de su gente. Soy consciente de que estas palabras no abarcan la totalidad de Sepúlveda y su gente, sino sólo la totalidad de mi reducida experiencia acerca de Sepúlveda y su gente. Sin embargo, quiero que esta pequeña totalidad no se pierda en el olvido, ya que, como se podrá leer a continuación, es una totalidad desgraciada, triste y desoladora para el progreso de la humanidad. Y no me refiero al progreso científico y técnico, sino a uno más elevado e importante: el progreso moral de la sociedad humana.

Mi relación con su gente, en su mayoría jóvenes, a excepción de la familia de Gloria, ha sido decepcionante. Podría reducirse a la siguiente frase: «hazlo por España». Y esto parece significar algo así como: «hazlo por España, por aquella España de la que no formas parte, de la que no formarás parte». A finales de agosto, Sepúlveda se convierte en una fiesta. Una fiesta no para todos, sino solo para todos los españoles o aquellos que se le parezcan.

Adriana, mi pareja, me presentó primero a sus amigas y luego a sus amigos. Hizo un esfuerzo inmenso por integrarme entre la gente de su pueblo. «Os presento a mi novio, Yousef», decía. Yo, ingenuo de mí, a pesar de haberme esforzado por entablar una conversación con las personas del pueblo que Adriana me presentaba, no lo conseguía. Las personas, generalmente jóvenes, se presentaban reacias al diálogo. Me daban la espalda. Mientras les hablaba, no me miraban a los ojos. Un gesto tan humano como el de la mirada, me era vedado. La mirada, dicen, es como la puerta del alma. Mirarme, mirarnos, es el ritual del animal humano en el que presentamos nuestro grado de hostilidad y hospitalidad. A pesar de ello, ese gesto tan humano que me daría permiso a conocer el alma del otro y a enseñarle la mía propia, me fue arrebatado. En cambio, fue la indiferencia la moneda de pago de la mayoría de jóvenes del pueblo. Mi invitación a desvelar nuestras almas, a mostrarlas y confrontarlas, a que se conozcan recíprocamente, fue ignorada, arrojada al abismo.

Adriana, antes de viajar al pueblo, me había explicado alguna historia acerca del rechazo a los inmigrantes (sobre todo los árabes) que algunas personas de Sepúlveda experimentan. En esos momentos en que mi mirada caía en desgracia, en el vacío de la fría indiferencia, no pude evitar pensar que quizás ese rechazo era debido a que yo “era árabe”. De forma instintiva pensé: «¿Será porqué “soy moro” que me rechazan?». 

Sin embargo, yo siempre he sido asiduamente reticente a concluir una cosa tan inmoral como el racismo. Pienso que es algo demasiado grave como para acusar a cualquiera sin estar seguro de ello. Antes de una tal acusación, prefiero pensar que esa persona que rechaza la hospitalidad de mi alma se debe a que ha tenido un mal día, a que yo he sido demasiado intrusivo en la conversación, o a cualquier otra contingencia distinta del racismo.

Pero cuando analizo mis acciones y mis palabras al detalle, cuando reflexiono en la soledad de mi pensamiento acerca de todos y cada uno de los acontecimientos involucrados en mi interacción, no me queda otra que pensar que el racismo, o algo que se le acerca, es lo único que explica su indiferencia.